Universidad
Politécnica de Madrid

Incendios forestales, la cara amarga del verano

Artículo de Rosa Planelles, profesora de Defensa del Monte en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes de la UPM, sobre los fuegos que asolan los bosques españoles.

24.07.12

Por ROSA PLANELLES.

Todos parecemos entrenadores de fútbol. Opinamos sobre las alineaciones de nuestro equipo en los partidos, las posiciones que ocupan los jugadores, los cambios o los momentos más oportunos para hacerlos. Y cuando el equipo gana, ganamos todos, pero cuando pierde, la culpa es del entrenador… Cuando se produce un gran incendio forestal la situación se me antoja parecida.

Parece que todos sabemos lo que ha ocurrido o lo que debería haber pasado; se escuchan frases como "hubo falta de coordinación", "no había medios suficientes", "los medios han llegado tarde", "arden los pinos", "se quema para urbanizar", "el monte no estaba limpio", "falta presupuesto"…. Opinamos, valoramos, juzgamos… salvo que, frente a los posibles resultados en el terreno futbolístico, en el campo forestal nunca hay victorias, los incendios son siempre batallas perdidas. Y es que, iniciado un fuego forestal, por rápido que se actúe, por muy bien que se trabaje, siempre hay pérdidas (en las estadísticas no aparecen las vidas protegidas, las viviendas defendidas o las hectáreas que se ha conseguido salvar).

El que todos creamos poder opinar sobre estos temas está en parte influenciado por los medios de comunicación, que dirigen nuestros pensamientos y opinión, que aportan ciertos datos que creemos que nos habilitan para opinar con vehemencia como si supiéramos de qué estamos hablando, como si fuera fácil dar soluciones a problemas tan complejos en los que hay muchas personas, profesionales de variados ámbitos, trabajando desde hace mucho tiempo, esforzándose por seguir mejorando en sus respectivas responsabilidades, arriesgando incluso sus vidas cuando trabajan en primera línea de fuego.

Obviamente, en ambas situaciones hay una (entre muchas otras) diferencia fundamental. El fútbol, pese a que para muchos es un trabajo y su fuente de ingresos, para la mayoría es un entretenimiento, una vía de escape, ocio y disfrute en definitiva, mientras que los incendios, los grandes incendios en especial (definidos como aquellos que afectan a superficies mayores de 500 hectáreas), son una tragedia que aunque no nos toque a todos por igual, queramos o no, nos afecta a todos. Y así se constata cuando se hacen encuestas sobre cuáles son los  principales problemas ambientales que afectan a nuestro territorio: la mayoría de los españoles identificamos los incendios como uno de los más importantes (Informe Greenpeace, 2008).

Los devastadores efectos de las llamas

Y ¿por qué?, ¿cuáles son los efectos que provocan los grandes incendios? La respuesta estaría ligada a la escala a la que planteemos evaluar esos efectos, una escala tanto espacial como temporal: no son comparables los efectos de incendios de pocas decenas de hectáreas en un espacio protegido, con incendios de miles de hectáreas, o incendios recurrentes en vegetación a la que no ha dado tiempo a recuperarse. La casuística es muy variada, de tal forma que, simplificándolo mucho, los incendios forestales producen efectos sobre las personas, directos (decenas de fallecidos y heridos) e indirectos, así como enormes pérdidas económicas inmediatas (para los propietarios de los bienes afectados, sean particulares o Administraciones públicas) por pérdida de productos (madera, frutos, caza, corcho, setas, resina, pinocha y cuantiosos). Pero también daños ambientales “intangibles”: descenso en la calidad del aire, emisión de CO2 y contribución al efecto invernadero, pérdida de control y defensa frente a avenidas y sequías (aumento de la erosión), deterioro del paisaje (muy relacionado con el ocio y el recreo), etc., además de gran alarma social (lamentablemente en la mayoría de los casos, transitoria).

Y si los efectos son tantos y tan importantes, ¿cómo podríamos anticiparnos y prever los incendios forestales? Para aclarar esa cuestión debemos responder antes a otra: ¿qué se necesita para que se produzca un incendio forestal?

Los elementos imprescindibles para que ocurra un incendio pueden ser representados gráficamente con un triángulo cuyos lados son: combustible, oxígeno y calor. El combustible, materia vegetal, está disponible en nuestro territorio cada vez en mayor proporción por causas estructurales (fundamentalmente por el abandono de las prácticas tradicionales en el monte asociado al despoblamiento de grandes áreas). El oxígeno está siempre presente. Y estudiando el  tercer lado, la fuente de energía, entra el análisis de las causas de los incendios, ya que, en presencia de oxígeno y de combustible disponible para arder, es necesaria alguna fuente de calor para iniciar la combustión.

Un fenómeno difícil de eliminar

Según muestran las estadísticas que aportan al Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, en todas las Comunidades Autónomas (que son las Administraciones competentes en esta materia), más del 95% de los incendios se originan por causas antrópicas, causas que se clasifican en intencionadas o negligencias y accidentes. Luego es a las personas a quienes hay que dirigir los esfuerzos de información, concienciación y conciliación, sin olvidar la sanción (administrativa o por la vía penal) como herramientas preventivas. Y conociendo en detalle los problemas de cada zona y cada colectivo en concreto, y trabajando en ello con continuidad se puede hacer mucho para avanzar en la prevención.

¿Y así evitaremos los incendios? No. Los incendios forestales están lejos de ser un fenómeno que podamos eliminar. Vivimos en un  entorno mediterráneo en el que desde siempre se ha convivido con el fuego y así seguirá siendo, pues el fuego ha ayudado a modelar el paisaje y las especies que pueblan nuestros montes y es una herramienta que podemos y debemos seguir manejando ordenadamente, incorporando los conocimientos técnicos y científicos que hacen de él una técnica de manejo del combustible, para dirigir esa gestión de forma adecuada, para que cuando se produzcan situaciones meteorológicas adversas (la conocida como regla del 30: más de 30ºC de temperatura, humedades relativas de menos del 30%, velocidades de viento superiores a 30 km/h y más de 30 días sin lluvia o sequía acumulada) se pueda disminuir el riesgo de ocurrencia de un gran incendio forestal.

Incido en los grandes incendios forestales. Escribo sobre ellos en este mes de julio, época estival, la de mayor riesgo en casi toda España, pero debemos abrir el foco de visión: incendios forestales hay en nuestro país durante todo el año. La intervención rápida de los medios de extinción existentes hace que más del 70% de los casi 15.000 incendios que se contabilizan anualmente como valor medio en la última década se queden en lo que se ha convenido en llamar conato, es decir, incendios menores de 1 ha. En torno a 25 o 30 incendios se convierten anualmente en grandes incendios. La problemática de esta situación se ve agravada cuando estos grandes incendios afectan zonas de interfaz urbano forestal, es decir, zonas de vegetación mezcladas con viviendas o enclaves rurales en íntimo contacto, situación cada vez más habitual y de gran complejidad en su tratamiento.

Hablar de los incendios forestales como un fenómeno aislado que precisa tratamiento en sí mismo, que lo es, sería enfocar el tema de forma parcial. En mi opinión, se debe  enmarcar la defensa contra incendios forestales en la planificación territorial y, más concretamente, en la gestión forestal. Un adecuado concepto de gestión forestal integral siguiendo los principios de multifuncionalidad del monte, ligada estrechamente a la conservación de la biodiversidad, permitirá plantear la gestión del combustible con una perspectiva amplia: gestión de biomasa para producción de energía renovable, prácticas de pastoreo en el monte, tratamientos selvícolas, aprovechamiento sostenible de madera y otros productos, actividades todas ellas generadoras de empleo y, por tanto, capaces de fijar población en el entorno rural.

Consenso entre técnicos e investigadores

Particularmente pienso que se está avanzado mucho en este tema, que hay bastante consenso entre los técnicos e investigadores incluso a nivel internacional, pero que falla, en primer lugar, la conexión de estos profesionales con la política, caracterizada por una visión general cortoplacista que busca la inmediatez de las medidas para obtener un rédito instantáneo. Ambos ritmos (el político y el natural) no encajan: el monte necesita tiempo para instalarse, desarrollarse y garantizar su persistencia. La planificación de la gestión (y con ella los presupuestos asignados) debe consolidar las líneas iniciadas manteniéndolas, junto con los recursos necesarios, más allá del signo político gobernante o de los cuatro años que dura una legislatura.

El otro aspecto claramente mejorable es la comunicación de los profesionales implicados en la defensa contra incendios forestales con el conjunto de la sociedad. Transmitir adecuadamente lo que se está haciendo tratando de informar con veracidad y rigor, acercando esta realidad a todos, que como hemos dicho estamos implicados en este tema, es parte esencial de la solución del problema.

Y a todos los niveles, entre los que entiendo que la Universidad tiene un importante papel, como responsable de la formación de los futuros técnicos, que serán los próximos gestores territoriales, investigadores, profesores… que deberán continuar con la labor iniciada, incorporando los avances que se van produciendo en un escenario general de cambio climático, que previsiblemente favorecerá la ocurrencia de incendios forestales en el ámbito mediterráneo. En este sentido, yo con estas líneas sólo he pretendido dar unas pinceladas sobre ciertos aspectos generales de este complejo mundo en torno a los incendios forestales.