Hacia una política integral de desarrollo para un mundo cambiante y heterogéneo

José Antonio Alonso

José Antonio Alonso

José Antonio Alonso*

El mundo de hoy es muy diferente de aquel en el que nació la cooperación para el desarrollo. Nos enfrentamos a un mundo más complejo y multipolar, con nuevos poderes emergiendo del mundo en desarrollo; un mundo con menos pobreza absoluta pero más pobreza relativa, y en el cual las desigualdades se han hecho más desafiantes.

En este mundo, los resultados de desarrollo están más conectados con la provisión de bienes públicos internacionales, particularmente aquellos de naturaleza ambiental; un mundo en el cual las responsabilidades y la voz a escala global deben estar mejor distribuidas.

La necesidad de responder a estos cambios constituye un desafío para el sistema de cooperación internacional. De forma más precisa, el sistema de cooperación se enfrenta a dos opciones.

La primera es mantener una perspectiva integral, trabajando con una agenda diferenciada de acuerdo con la heterogénea condición de los países, que convoque la contribución de los socios del Sur, la apertura a nuevos actores e instrumentos más allá de la ayuda oficial al desarrollo (AOD) y la ambición por conectar las agendas de desarrollo y de bienes públicos internacionales.

La opción alternativa sería preservar la ayuda como una política especializada en el combate contra la pobreza extrema en los países de más bajo ingreso (o con Estados frágiles), basada centralmente en la AOD y en la acción de los donantes tradicionales.

Hay razones para apoyar la segunda de las opciones: en la medida en que los recursos son escasos, estos debieran reservarse para los países que padecen más extremas carencias. Sin embargo, esta opción tiene también algunos aspectos cuestionables.

En primer lugar, promueve una visión excesivamente estrecha de la agenda de desarrollo: además de luchar contra la pobreza, es necesario alcanzar otros objetivos si se quiere promover una más justa distribución de las posibilidades de desarrollo a escala global.

En segundo lugar, el enfoque aludido sobreestima las capacidades de los países de renta media para superar sus propios problemas, sin advertir que alguno de ellos padece también extremas vulnerabilidades.

Y, en tercer lugar, no se toma en cuenta que la cooperación para el desarrollo además de un afán distributivo, debeaplicar los estímulos requeridos para maximizar los esfuerzos y logros de desarrollo de todos los países implicados.

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José Antonio Alonso es codirector del Máster en Estrategias y Tecnologías para el Desarrollo. Ver página personal

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